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Anarquismo, federalismo/centralismo y corporativismo: tres términos más que se usan sin definir

Anarquismo, federalismo o centralismo del Estado, y corporativismo. De dónde vienen y qué significan exactamente, con fuentes académicas y sin etiquetar a nadie.

Redacción Politizz 5 min de lectura

Cuarta entrega del glosario perenne que empezó con cinco términos políticos que se usan sin definir: tres palabras más que aparecen todo el tiempo en el debate público, casi siempre con un significado distinto del que tienen en ciencia política. "Anarquismo" se usa como sinónimo de caos; "federal" y "centralista" se confunden con izquierda y derecha; "corporativismo" designa hoy dos cosas que no tienen mucho que ver entre sí. Las tres, explicadas con su origen y su debate, sin decir cuál es la posición correcta.

Anarquismo

En el uso corriente, "anarquía" es sinónimo de desorden. En ciencia política, el anarquismo es una filosofía con una tesis precisa: rechaza toda autoridad jerárquica impuesta —y, en particular, el Estado— por considerarla ilegítima salvo que se demuestre lo contrario, no la ausencia de organización social.

El primero en llamarse a sí mismo anarquista fue Pierre-Joseph Proudhon, en ¿Qué es la propiedad? (1840), donde acuñó la frase "la propiedad es un robo". El matiz suele perderse: Proudhon no atacaba la posesión de lo que alguien usa o trabaja directamente, sino la propiedad que permite cobrar una renta sobre el trabajo ajeno sin trabajar uno mismo (texto completo, marxists.org).

El anarquismo se separó formalmente del socialismo marxista en el Congreso de La Haya de la Primera Internacional (2-7 de septiembre de 1872), cuando la facción de Mijaíl Bakunin fue expulsada de la organización que controlaba Karl Marx (Wikipedia, "Hague Congress (1872)")). La discrepancia de fondo seguía siendo la misma que compraron después el resto de escisiones del movimiento obrero: Marx defendía una fase transitoria de "dictadura del proletariado" ejercida a través del Estado; Bakunin sostenía que cualquier Estado, aunque naciera de una revolución obrera, acabaría reproduciendo una nueva clase dominante, y que había que abolirlo de inmediato en favor de una federación de comunas autogestionadas.

Piotr Kropotkin, en El apoyo mutuo (1902), añadió el argumento de que la cooperación —no solo la competencia— es un factor central de la evolución tanto biológica como social, y que las sociedades humanas han sobrevivido más por ayuda mutua voluntaria que por jerarquía impuesta (texto completo, marxists.org). El anarquismo no es una sola corriente: conviven versiones individualistas, colectivistas y sindicalistas, con lecturas distintas de cómo organizar la vida económica sin Estado. Lo común a todas es la conclusión sobre la autoridad, no un programa económico único.

Federalismo y centralismo del Estado

Esta distinción no es la de izquierda y derecha: describe cómo se reparte el poder en el territorio, y hay partidos federalistas y centralistas a los dos lados de cualquier otro eje.

El politólogo Daniel Elazar definió el federalismo como la combinación de autogobierno (self-rule) y gobierno compartido (shared rule): las unidades territoriales tienen poder propio que el centro no puede revocar unilateralmente, y a la vez participan en las decisiones del centro, típicamente a través de una segunda cámara (Stanford Encyclopedia of Philosophy, "Federalism"). Esa doble condición —ninguna de las dos partes puede imponerse sola sobre la otra— es lo que distingue a un Estado federal (Alemania, Estados Unidos, Brasil, México, Argentina) de uno que simplemente delega funciones sin garantía constitucional.

El centralismo, en su forma clásica, concentra la decisión política y administrativa en un único centro. El caso de manual es Francia, uno de los Estados más centralizados de Europa desde la Revolución, hasta las llamadas leyes Defferre (1982-1983): la primera ley, del 2 de marzo de 1982, traspasó competencias del Estado a regiones, departamentos y municipios y suprimió el control previo del prefecto sobre las decisiones locales, en lo que se conoce como "Acto I" de la descentralización francesa (Conseil constitutionnel). Descentralizar competencias no es lo mismo que federalizar el Estado: Francia sigue siendo un Estado unitario, porque el Parlamento nacional puede modificar o revertir esas competencias por ley ordinaria, algo que en un sistema federal exigiría cambiar la Constitución.

España es un caso intermedio y con nombre propio: el artículo 2 de la Constitución de 1978 combina "la indisoluble unidad de la Nación española" con el reconocimiento del "derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran" (sinopsis oficial del Congreso). El resultado, llamado habitualmente "Estado autonómico", reparte competencias amplias a las comunidades autónomas sin llegar al modelo federal: las comunidades no tienen soberanía propia ni poder constituyente, y su autonomía se ejerce dentro de un marco que fija el Estado central.

Corporativismo

Bajo esta única palabra conviven dos ideas distintas, y confundirlas lleva a malentendidos.

La primera es un modelo político-económico del siglo XX: organizar la representación no por individuos ni por partidos, sino por "corporaciones" sectoriales que agrupan a empresarios y trabajadores de un mismo ramo. La Italia fascista lo formalizó en la Carta del Lavoro (21 de abril de 1927): la economía debía organizarse en corporaciones que representaran a trabajadores y empresarios a la vez, eliminando la lucha de clases y subordinando el interés privado al Estado (Wikipedia, "Labour Charter of 1927").

Por una vía distinta, la doctrina social católica propuso su propia versión como "tercera vía" entre capitalismo y socialismo: la encíclica Quadragesimo Anno de Pío XI (15 de mayo de 1931) pidió reconstruir el orden social mediante "grupos funcionales" organizados no por su posición en el mercado de trabajo, sino por la función que cumplen en la sociedad (texto completo, vatican.va). La propuesta de Pío XI no compartía el objetivo totalitario del modelo fascista, pero el vocabulario se entrelazó históricamente: varios regímenes de entreguerras que se llamaron a sí mismos "corporativistas" —el Estado Novo portugués, la Austria de Dollfuss— citaron ese texto papal como referencia, aunque la enseñanza católica posterior no retomó esa vía.

La segunda idea es de uso corriente y no tiene relación directa con ese modelo de Estado: se llama "corporativismo" a que un colectivo profesional —médicos, taxistas, un sindicato, un colegio profesional— defienda el interés de su propio sector, presentado como un problema cuando ese interés choca con el general. Es un uso crítico y coloquial, distinto del término técnico del siglo XX, aunque comparta la misma palabra.


Ninguno de estos tres términos describe una posición en el eje económico o el eje social que usa Politizz: el anarquismo es una postura sobre la legitimidad de la autoridad, el federalismo y el centralismo son sobre el reparto territorial del poder, y el corporativismo tiene dos significados que ni siquiera comparten origen. Cómo funcionan esos dos ejes está en por qué un solo eje ya no basta y en los cuatro cuadrantes políticos. Este artículo continúa el glosario que empezó con cinco términos políticos que se usan sin definir; cómo se calcula el porcentaje de afinidad con cada partido, en cómo se mide la afinidad con un partido.

Sin etiquetas de una sola palabra

Politizz no clasifica con ninguno de estos términos. Sitúa cada posición en dos ejes, a partir de afirmaciones concretas, y compara el resultado con partidos reales.

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